Cuando The Guardian describió a Barack y Michelle Obama como “la pareja más romántica, inteligente y relajada que haya puesto un pie en la Casa Blanca”, no estaba exagerando. Durante sus casi ocho años en la Presidencia, los Obama han enfrentado las presiones, tensiones y problemas que necesariamente acarrea el Salón Oval con una gracia y elegancia que recuerda a los Kennedy o los Reagan pero, al mismo tiempo, con una soltura que les pertenece solo a ellos. Su complicidad es evidente incluso en eventos oficiales y apariciones públicas, y en su relación se adivina brillo intelectual y, en más de una ocasión, combustión física. Ella le arregla la corbata durante una cena oficial. Él la abraza poniendo su mano un poco más allá que lo que podría esperarse de un jefe de Estado. Ambos se escuchan atentamente el uno a otro, como ensimismados con la oratoria, el encanto, el carisma y la fuerza que proyectan.8

En más de una ocasión Barack Obama ha dicho que le pidió a Michelle varias veces salir antes de que ella aceptara. Por entonces ella era abogado en una importante firma de Chicago y él un asociado recién llegado de la prestigiosa Escuela de Leyes de Harvard, más interesado en defender comunidades urbanas que a grandes corporaciones. Finalmente, una noche de 1989, tuvieron su primera cita. Asistieron a una función de “Do the right thing”, dirigida por Spike Lee, y luego fueron a comer. Para cuando la noche llegó a su fin, contó Michelle años después, “ya estaba convencida”.
Obama es probablemente el más feminista de los presidentes que haya tenido Estados Unidos. Criado primero por su madre, que murió en 1995, y luego por su abuela, que murió un día antes de que él llegara a Washington como Presidente electo, su genuino afecto y admiración por las mujeres se trasladó sin problemas hacia su mujer, su suegra –que los acompañó a la Casa Blanca para apoyarlos en asuntos familiares– y sus dos hijas, Malia y Sasha, que, gracias a los esfuerzos y el cuidado de sus padres consiguieron crecer en forma relativamente normal frente a los ojos del público y bajo el escrutinio de la prensa sin que eso se interpusiera en sus días de colegio, sus vacaciones con amigos, o su pasión por Beyoncé o Justin Bieber.
Michelle Obama ha dicho que, antes que nada, es la “madre en jefe”, que su prioridad son sus hijas y su familia, y que todo el resto, por muy importante que sea, queda en segundo lugar.
El feminismo de Obama quedó en evidencia desde un principio. Desde su matrimonio –en octubre de 1992, cuando él le prometió “no riqueza, pero sí una vida interesante”–, el organizador comunitario, luego senador y finalmente Presidente ha tomado pocas decisiones sin consultarlas con su esposa. Cuando la posibilidad de la presidencia se hizo creíble, ella aceptó a regañadientes y solo después de que él se comprometiera a dejar de fumar. Para entonces la familia ya había sufrido los efectos de una vida política plena. Obama pasaba la mayor parte del tiempo en el Congreso en Washington, mientras Michelle, todavía en un importante puesto en otra firma de abogados, se preocupaba de las niñas. La Casa Blanca, en cierto modo, les otorgó el privilegio de un hogar donde pudieron pasar tiempo juntos, una intimidad familiar a puertas cerradas, pero a la vista de todo el mundo.

DALLAS, TX - APRIL 25:  President Barack Obama (C) laughs with his wife first lady Michelle Obama (L) and former first lady Barbara Bush during the opening ceremony of the George W. Bush Presidential Center April 25, 2013 in Dallas, Texas. The Bush library, which is located on the campus of Southern Methodist University, with more than 70 million pages of paper records, 43,000 artifacts, 200 million emails and four million digital photographs, will be opened to the public on May 1, 2013. The library is the 13th presidential library in the National Archives and Records Administration system.  (Photo by Kevork Djansezian/Getty Images)

(Photo by Kevork Djansezian/Getty Images)

Michelle, la difícil
A estas alturas, cuando el país y el mundo entero parece enamorado de ella, cuando sus índices de popularidad son tan altos que se vio obligada a explicar que no, que una candidatura presidencial no estaba en sus planes, y cuando la prensa informa que un contrato para publicar sus memorias junto a su marido podría significarles cerca de 45 millones de dólares en ganancias, parece imposible creer que en algún momento, en la primera campaña de su marido a la Casa Blanca, Michelle Obama fue considerada una desventaja política.
Los adversarios de Obama y parte de la prensa la describieron a menudo como agresiva y sin filtros, ambiciosa y de temperamento fuerte. Sus comentarios respecto a que Obama tenía mal aliento por la mañana o de que en una ocasión la había abandonado en la casa con un baño inundado, parecieron cruzar una línea que nunca antes había sido traspasada por una pareja con ambiciones presidenciales y, por lo mismo, crearon molestia entre algunos y preocupación entre los mismos asesores del candidato. Ella, lejos de ofuscarse con las críticas, tomó nota y cambió de rumbo. Las revelaciones de su intimidad se redujeron a simpáticas viñetas familiares –“Barack no necesita un parche para dejar de fumar, yo soy su parche”– y sus opiniones sobre la actualidad, que sin duda las tiene, quedaron reservadas para conversaciones privadas con su marido.
A ojos del público, la Primera Dama es una madre admirable, una esposa solidaria y apoyadora, una entusiasta impulsora de la vida sana, la educación y las familias militares y de veteranos de guerra –sus tres principales causas–, y un estupendo colgador para lucir el talento de los diseñadores de Estados Unidos. No hay nada en ella que hoy produzca rechazo.
Eso no significa, sin embargo, que no haya sufrido los efectos de la carrera política de su marido. En junio del año pasado, dirigiéndose a los estudiantes de un colegio en un barrio de Chicago, habló de los “insultos y ataques” que recibía el Presidente y las “caricaturas” que se hacían de él, de cómo la afectaron durante un tiempo dejándola “sin dormir muchas noches”, hasta que se resignó a aceptarlas como parte de la rutina política. Dijo también que ella y su marido sentían la responsabilidad de “reescribir la narrativa afroamericana”, una carga que “el Presidente y yo llevamos con orgullo cada día que pasamos en la Casa Blanca”.

DUBUQUE, IA - AUGUST 15:  U.S. President Barack Obama listens as first lady Michelle Obama introduces him at a campaign rally August 15, 2012 in Dubuque, Iowa. The stop was one of two scheduled for today as the president wraps up a three-day, nine-city campaign trip across Iowa.  (Photo by Scott Olson/Getty Images)

(Photo by Scott Olson/Getty Images)

Su carácter fuerte puede ser, aseguran algunos, una herramienta útil para mantener a Obama a raya en su vanidad. En una ocasión, cuando alguien le hizo la misma pregunta que una vez le hicieron a Bill Clinton, si usaba “boxers o briefs” como ropa interior (Clinton usa boxers), Obama dijo que no contestaba preguntas humillantes como esa, pero que “use lo que use, se ve bien en mí”. Michelle, aterrizada y poco enamorada de su propia imagen, es el balance perfecto para un hombre acostumbrado a la adulación y admiración.
Después de casi 25 años de matrimonio, los Obama saben mantener el romance. En plena campaña presidencial en 2008, el entonces candidato dejó de lado apariciones públicas para pasar su aniversario de matrimonio con Michelle. Como Presidente ha hecho lo mismo, llevándola por ejemplo a una romántica noche de teatro en Broadway y a comer a un elegante restaurante, o llamándola frecuentemente “el amor de mi vida” frente a los asistentes a alguna gala o cena de Estado.
Su partida dejará un enorme vacío en Washington. No importa si Donald y Melania Trump ocupan su lugar, ninguna pareja podrá acercarse a la magia y el encanto de los Obama. La política continuará su desagradable camino, pero esta vez sin el bálsamo del romance. 59245_112848_1

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