Cuando Donald Trump ocupe el sillón presidencial en el salón oval de la Casa Blanca, lo más probable, teme una gran porción de estadounidenses, es que no lo haga con el mismo prestigio, dignidad y elegancia con que lo ha hecho el actual Presidente.
Aunque sin duda tiene sus detractores, Obama tiene también, según encuestas recientes, una popularidad récord que llega al 56 por ciento y que, es fácil sospechar, ha sido impulsada por el abierto desagrado que la gran mayoría de ciudadanos siente por los que fueron sus candidatos a sucesores, Hillary Clinton y Donald Trump. En comparación, Obama parece un verdadero estadista que ha sabido mantenerse durante toda su carrera por sobre las mezquindades políticas, pequeñas controversias y soberanos escándalos que marcaron tan duramente la campaña presidencial de 2016.
Articulado, intelectual y profundamente racional, ha sido acusado en el pasado de elitista y distante, pero esos “defectos”, si pueden ser llamados así, son ahora apreciados en un ambiente político donde abundaron las palabrotas, los insultos, las malas caras y donde el tono de la conversación cayó tan bajo que Donald Trump, candidato electo, llegó a referirse al tamaño de su anatomía durante un debate.
Suspiremos entonces, llenos de nostalgia, por la partida de los Obama, una familia que por estilo y carisma ha sido comparada frecuentemente con los Kennedy.
La primera elección del Presidente, en 2008, vino acompañada de gigantescas ilusiones que, por lo mismo, eran casi imposibles de cumplir. La primera y más importante, obviamente, tenía que ver con su raza. El primer presidente afroamericano –después de 43 hombres blancos en el puesto y ninguna mujer– prometía superar divisiones históricas y reivindicar la posición de una gran parte de la ciudadanía. No fue así. Después de dos períodos en la Casa Blanca, Obama deja un país profundamente dividido en términos raciales, con nuevas acusaciones de brutalidad policial apareciendo casi semanalmente, enormes protestas en las calles de las grandes ciudades, y un ambiente que, según algunos analistas, recuerda a los violentos días de la revolución de 1968 por los derechos civiles. En medio de esta nube de confusión y furia, algunos adivinan, sin embargo, una puerta hacia cambios profundos y duraderos; ven en la crisis una salida a una solución definitiva que acerque al país a la gran promesa de igualdad que muchos esperaban cumplir en estos ocho años.
La segunda desilusión de la actual administración tiene que ver con el ánimo en Washington. Desde comienzos de los ’90, con la llegada de Bill y Hillary Clinton a la mansión presidencial, la clase política norteamericana comenzó a vivir una división que continuó durante los dos períodos de George W. Bush y se hizo aún más evidente durante los años de Obama, cuando, en una estrategia incomprensible, el Partido Republicano decidió que lo mejor sería simplemente oponerse a cualquier proposición del Presidente. Esta táctica ha impedido incluso la nominación de un nuevo miembro de la Corte Suprema que, según la Constitución, debe ser nominado por el Presidente y confirmado por el Senado. Los senadores republicanos anunciaron que, desafiando las normas y la civilidad del gobierno, ni siquiera recibirían al juez nominado por Obama.
Para el Presidente, esta es quizás su segunda derrota más dolorosa. La primera, sin dudas, es la incapacidad que ha tenido para establecer una legislación sensible y racional respecto al uso y propiedad de armas, un tema que divide intensamente a Estados Unidos y en el que se ha enfrentado al poderosísimo lobby de la National Rifle Association.

 

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Las buenas noticias son que, a pesar de todo esto, Estados Unidos es otro después de Obama.
Hay que recordar que el Presidente recibió a un país envuelto en dos guerras y sumido en una depresión económica que Estados Unidos no había visto desde la crisis de 1929. En estas tres áreas la situación ha mejorado.
Su política internacional ha restaurado las relaciones con países aliados y, aunque la situación en Siria y la inquietante presencia de ISIS podrían indicar otra cosa, Estados Unidos ha logrado establecer cierto control en el Medio Oriente, apoyando las fuerzas policiales en Afganistán y al Ejército en Irak. La economía también va en marcha, con cifras récord en el nivel de ingreso de la clase media y un crecimiento moderado, pero sostenido que, sin embargo, vive bajo la amenaza permanente de una deuda que llegaría a los 19.5 trillones de dólares a fines de 2017. Una de las reformas menos comentadas pero más significativas de la administración es la que tiene que ver con la educación, con 36 mil millones de apoyo para estudiantes de pregrado y un extraordinario paquete de ayuda para aquellos con préstamos universitarios. La reforma de salud, también conocida como Obamacare –un grito de batalla de los adversarios del Presidente– ha sido tremendamente controvertida y hasta poco popular, pero al mismo tiempo ha permitido aliviar, con mayor o menor éxito, a un país que hasta hace poco llevaba la carga de 40 millones de personas sin seguro médico.

DALLAS, TX - APRIL 25:  President Barack Obama (C) laughs with his wife first lady Michelle Obama (L) and former first lady Barbara Bush during the opening ceremony of the George W. Bush Presidential Center April 25, 2013 in Dallas, Texas. The Bush library, which is located on the campus of Southern Methodist University, with more than 70 million pages of paper records, 43,000 artifacts, 200 million emails and four million digital photographs, will be opened to the public on May 1, 2013. The library is the 13th presidential library in the National Archives and Records Administration system.  (Photo by Kevork Djansezian/Getty Images)
En términos sociales, el mayor triunfo de Obama fue la aprobación del matrimonio igualitario, lo que lo convirtió en un icono de la comunidad LGBT y abierto adversario moral de Vladimir Putin, que ha establecido en Rusia leyes que desaprueban las “relaciones sexuales no tradicionales”.
De todas las armas que Obama ha tenido en su presidencia –precisión, inteligencia, un compás que frecuentemente le indica el rumbo correcto a seguir–, quizás la mayor ha sido la compañía de su mujer. Michelle, cuyos índices de popularidad, según Gallup, se elevan al 64 por ciento, fue objeto de un adorador reportaje en la revista dominical de The New York Times donde cuatro distinguidos escritores publicaron ensayos que, a final de cuentas, se sentían como cartas de agradecimiento.
Michelle Obama no solo ejerció su rol de Primera Dama en forma magnífica, apoyando causas como los veteranos de guerra y sus familias o la vida sana, sino que llevó el rol de esposa del Presidente al futuro, conectándose brillantemente con una nueva generación de ciudadanos que sienten una relación genuina con esta mujer que, desde la Casa Blanca, no tiene problemas en aparecer en vestidos de Versace en cenas de Estado, bailar hip hop con Ellen DeGeneres o, más importante aun, hablar desde el corazón con el país.

DUBUQUE, IA - AUGUST 15:  U.S. President Barack Obama listens as first lady Michelle Obama introduces him at a campaign rally August 15, 2012 in Dubuque, Iowa. The stop was one of two scheduled for today as the president wraps up a three-day, nine-city campaign trip across Iowa.  (Photo by Scott Olson/Getty Images)

(Photo by Scott Olson/Getty Images)

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