En una prueba de que las acciones valen más que mil palabras, Ivanka Trump se instaló junto a su marido, Jared Kushner, y sus tres hijos –Arabella, de 5 años; Joseph, de 3, y Theodore, de 10 meses– en su nueva mansión de 5.6 millones de dólares en Washington para cumplir un rol indefinido, pero extraordinariamente poderoso, que podría parecerse mucho al de, que nos perdone la expresión, una Primera Dama.Ivanka Trump y Jared Kushner  La “power couple” de Washington

Por su parte, Jared, un hombre de aspecto relativamente frágil y solo 35 años, se convirtió en uno de los principales generales de la campaña y en el arquitecto indispensable del inesperado triunfo de su suegro. Trump lo considera una versión más joven de sí mismo y, por lo mismo, no es raro que lo aprecie tanto. Que además esté casado con su hija –según muchos la favorita-, hace que su cariño sea aún mayor. Desafiando acusaciones de nepotismo, lo nombró “consejero senior” de la presidencia, un rango importantísimo que lo ha llevado, al menos en un principio, a tener injerencia en asuntos tan diversos como la nominación del gabinete, la renegociación de tratados internacionales y la relación con Israel. En preparación para su nuevo cargo en la “west wing” de la Casa Blanca, Kushner dejó de lado la gran mayoría de sus negocios y, según informes de prensa, está buscando un comprador para su periódico.

Ivanka, también renunció a su cargo como vicepresidente de la Organización Trump y abandonó sus exitosas empresas de moda, joyas y accesorios, para acompañar de cerca de su padre. Presentada como un nuevo ideal de feminismo durante la campaña –una mujer inteligente y atractiva, que puede ser al mismo tiempo una gran empresaria y una devota madre para sus hijos–, Ivanka ha decidido concentrarse, por el momento, en la crianza de su familia y el apoyo irrestricto a los dos hombres más importantes de su vida: su padre y su marido.

 

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