Por: Manuel Santelices. Fotos: Getty Images

Las hijas de Arthur Miller, Pablo Picasso, Steve Jobs y Bob Fosse recuerdan a sus padres con una mezcla de cariño y frustración. Es complicado.

 

Ser un genio no asegura una paternidad genial. Como sugiere el viejo refrán, a veces las personas más inteligentes toman las decisiones más torpes, y los más brillantes esconden, en su vida personal, los secretos más oscuros. Ser un genio, después de todo, no es lo mismo que ser un ángel.

Crecer a la sombra de legendarios talentos o formidables cerebros nunca es fácil. Es un caldo de cultivo perfecto para inseguridad cubierta en nepotismo, abandono teñido en dorado y, en algunos casos, soterrada pero feroz competencia.

Las dificultades de la niñez y adolescencia del hijo de un genio vienen a menudo acompañadas de revelaciones y confesiones en la edad adulta. A veces con ánimo de venganza y otras de genuina introspección, estos gritos de independencia hacen tambalear los gigantescos pedestales donde el padre genio se erigía hasta entonces. Eso sucedió, sin duda, con la publicación de Small Fry, las premiadas memorias de Lisa Brenan Jobs, hija del fundador de Apple, Steve Jobs, que se convirtieron en un inmediato best seller. Como señaló en su crítica The New York Times, “si lee este libro, nunca pensará en Jobs del mismo modo”.

Aunque asegura que su intención fue ser honesta, cálida y casi amorosa, el hombre descrito por Lisa puede ser fácilmente considerado un monstruo. Narcisista, frío, calculador, manipulador y distante. Steve Jobs dejó una dolorosa marca en su hija.

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El visionario inventor conoció a la madre de Lisa, Crisann Brennan, durante el colegio en Cupertino, California, y tenían apenas 23 años cuando la niña nació en una comunidad bohemia de Oregón. A pesar de una prueba de ADN, Jobs negó la paternidad durante largo tiempo, y la relación con su hija demoró años en hacerse realidad. Para cuando eso sucedió, el empresario ya era un hombre tan ocupado como exitoso. Y también un poco cruel. En una ocasión, se negó a poner calefacción en la habitación de Lisa. En otra, le mintió diciéndole que el computador Apple Lisa no había sido nombrado así por ella. En el sitio web oficial de su compañía y en entrevistas de prensa, decía que tenía tres hijos, olvidando o simplemente obviando a su hija mayor. Y cuando Lisa fue a visitarlo, poco antes de que muriera, le dijo que “olía como una taza de baño”.

A pesar de todo, la autora dice que no desea dar un mal retrato de su padre. Que él, simplemente, quería con estas acciones crear fortaleza y carácter en ella, el mismo argumento que en ocasiones es utilizado por víctimas de situaciones abusivas.

Nicole Fosse sabe de estas cosas. La hija de la extraordinaria actriz y bailarina Gwen Verdon y del famoso bailarín y coreógrafo de Broadway Bob Fosse- director, entre otras películas, de Cabaret y Sweet Charity-, vivió de cerca el tumultuoso romance de sus padres y el maligno efecto que las adicciones y excesos de su padre causaron en la familia.

Cuando los productores Thomas Kail y Lin-Manuel Miranda la contactaron con la intención de que los apoyara en la creación de una serie sobre Bob Fosse, ella los invitó a su casa en New Hampshire, y ahí, revisando los archivos familiares, les explicó que la serie no tenía sentido si no incluían también a su madre.

Hasta el estreno de Fosse/ Verdon en la cadena FX hace un par de meses, el show business neoyorkino había elevado a Bob a las alturas celestiales del monte Broadway y prácticamente olvidado a Gwen. La serie termina con esta injusticia.

Interpretados por Sam Rockwell y Michelle Williams respectivamente, Bob y Gwen aparecen en pantalla como una pareja de genios enfrentados constantemente a sus propios demonios. Después de un matrimonio abusivo, un inesperado embarazo que terminó con el bebé a cargo de sus abuelos, una carrera repleta de altos y bajos, y una buena dosis de atropellos, abusos y acosos, Gwen era una de las más grandes estrellas de Broadway cuando conoció a Bob, que por entonces era un director clase C de producciones clase B. Fue ella, explica su hija, la que lo amparó bajo su brillo, la que lo promovió y defendió frente al establishment del cine y el teatro, y la que, más de una vez, le dio sus mejores ideas. De acuerdo a la serie, sin su ayuda es poco probable que Cabaret hubiera llegado a realizarse. ¿Qué recibió la bailarina a cambio? Un amor intenso y real, pero también hiriente.

Fosse vivió en un universo pre era #MeToo donde no hubo una “chorus girl” que no le pareciera adecuada para satisfacer sus infinitos apetitos. Igual que sus coreografías, su transito por los callejones de Broadway estuvo repleto de movimientos de pelvis y miradas coquetas. Aparte de eso, claro, estaban sus otras adicciones. En la serie, pocas veces aparece sin un vaso de Whisky y un cigarrillo encendido en la mano, y, en alguna mesa cercana, un frasco de sospechosas píldoras. Como asegura su hija, “mi padre descubría partes de si mismo a través de su trabajo”.

 

Hija de mi padre

“El padre ha sido siempre una figura mitológica”, explicó en una ocasión Arthur Miller, quizás el dramaturgo norteamericano más importante de su generación, autor, entre otras obras, de Las brujas de Salem, Muerte de un vendedor viajero y Panorama desde el puente. “Es la base de toda la mitología. Después de todo, ¿qué es Zeus? Es el padre. Es el tipo que lanza rayos, el que puede matarte o elevarte a la gloria”.

Su hija Rebecca fue afortunada en ese sentido, primero porque Miller no la destruyó con su brillo y poder, y segundo porque, a todas vistas, creció frente a este monumento teatral sin grandes cicatrices y con un carácter que es universalmente descrito como amable, cálido y amoroso. Quizás la evidencia más importante de que tener a un genio como padre no fue para ella algo negativo, es que luego se casó con otro genio: Daniel Day Lewis.

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“Definitivamente siento que fui afortunada de ser mujer en lo que se refiere a él. Mi padre no fue el tipo de persona a la que no le hubiera importando ser metafóricamente asesinado por sus hijos hombres, supeditado a ellos, derrocado”, explicó Rebecca en una entrevista en marzo del año pasado. “Estuve fuera de su radar en ese sentido porque era mujer. Si hubiera sido hombre, tengo la sospecha de que hubiéramos tenido una relación distinta, más complicada”.

Esa entrevista -con Maureen Dowd, de The New York Times- fue concedida para promover el documental que Rebecca realizó sobre Arthur Miller para HBO. Ahí describe a su padre como un hombre de dos caras, una cálida y cariñosa en la casa, y otra fría y distante hacia el público. “Parecía algo remoto en entrevistas, porque era muy tímido y se protegía mucho, lo que era comprensible. Su calidez y su humor nunca salían realmente a flote”.

Para cuando el dramaturgo y la fotógrafo austríaca Inge Morath se casaron y tuvieron a Rebecca, Miller ya había estrenado las obras más importantes de su carrera y había sobrevivido a esa tormenta de notoriedad, fama y escándalo que fue su matrimonio y divorcio con Marilyn Monroe. Rebecca recuerda su vida familiar no como una glamorosa café society de la elite intelectual, ni siquiera como una elegante bohemia tipo Bloomsbury, sino como el hogar de dos artistas poseedores de una ética de trabajo conservadora rodeados de artistas similares. “Es un tipo de vida que ya no existe; la existencia de artistas que pensaban que si la tetera estaba rota había que repararla. No era una vida lujosa, sino centrada en el trabajo y, en cierto modo, en la decencia. Esta no era gente que tuviera sexo todo el tiempo, sino verdaderos trabajadores a los que en la noche les gustaba beber vino”.

La experiencia de Paloma Picasso con su padre, el monumental Pablo Picasso, fue obviamente diferente. Picasso no solo es reconocido como uno de los artistas más importantes e influyentes del siglo XX, sino también como un incansable mujeriego y adorable narcisista. La madre de Paloma, Françoise Gilot, fue la única que abandonó al pintor (otras dos, Jaqueline Roque y Marie Terese Walter, se suicidaron), y en 1956 cerró la puerta de la casa de Pablo en el sur de Francia y se instaló con Paloma y su hermano Claude, primero en Paris y luego en Nueva York.

Picasso pintó a los niños en numerosas ocasiones, frecuentemente con sus juguetes preferidos: un caballo de madera para Claude y un tren para Paloma. “Nunca posé para mi padre”, recordó ella hace un tiempo. “Éramos demasiado pequeños y él nos pintó de memoria, como producto de su imaginación. Cuando nos tuvo a Claude y a mí, se obsesionó con la idea de la niñez y el hecho de que los niños no tienen ideas preconcebidas. Hay libertad en ese concepto, la idea de que cualquier cosa es posible”.
Paloma era una niña callada, tranquila, y por lo mismo pasó mucho tiempo en el atelier de Picasso mientras él pintaba. “Todo el mundo le pedía cosas, quería algo de él, pero yo no pedía nada. Estaba simplemente feliz de estar ahí”.

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La relación se hizo más lejana con la aparición de la siguiente compañera del pintor, Jaqueline Roque, que pasado cierto tiempo se sintió amenazada por la presencia de los niños e instigó a Picasso a cortar la relación con ellos. Para entonces Paloma ya tenía 14 años.

De todos los hijos del maestro, solo Paulo, el mayor, sobrevivió a su matrimonio con Roque. El resto se vio obligado a tomar distancia. “A pesar de todo el dolor que me dio no ver a mi padre, nunca lo sentí como algo entre él y yo. Fueron fuerzas exteriores’, dice Paloma, que no lo vio nuevamente hasta el verano de 1967, cuando se cruzaron por casualidad en las calles de Cannes. Paloma estaba en una esquina, y Pablo y Jacqueline iban en un auto. Paloma corrió hacia él, él se bajo del auto y la abrazó cariñosamente. “¡Pablo, nos tenemos que ir! ¡Vamos Pablo!”, insistió Jaqueline, hasta que partieron.

Esa fue la última vez que padre e hija estuvieron juntos.