El cambio, por definición, es joven, apasionado y revolucionario. Necesita optimismo, decisión, rebeldía y algo de rabia. Necesita fuerza. Y en el último tiempo, ha sido liderado por el poder femenino. Aquí, tres mujeres decididas a que el futuro sea mejor.

Por: Manuel Santelices. Fotos: Getty Images

Emma González
No a las armas

WASHINGTON, DC – MARCH 24: Emma Gonzalez speaks at March For Our Lives on March 24, 2018 in Washington, DC. (Photo by Kevin Mazur/Getty Images for March For Our Lives)

En 2009, al inicio de la presidencia de Barack Obama, el número de armas sobrepasó por primera vez al de habitantes en Estados Unidos, llegando a 357 millones, sin contar las armas ingresadas o negociadas en forma ilegal. Protegidos por la segunda enmienda –que asegura el derecho a portarlas– y el poderoso lobby del NRA (National Rifle Association), los interesados en adquirir revólveres, pistolas o incluso metralletas, pueden hacerlo sin mayores problemas en Estados Unidos, con limitaciones mínimas de edad o chequeos.
Desde 1999, cuando ocurrió el primer tiroteo masivo en un colegio de Columbine, Colorado, ha habido al menos 28 episodios similares en el país, con cerca de mil 500 estudiantes que han vivido el trauma de la violencia, dejando como resultado 122 muertos en 19 años. En cada ocasión, las imágenes han repetido casi idénticas; filas de estudiantes corriendo por sus vidas; carros policiales y de fuerzas especiales irrumpiendo en el campus; padres abrazando desesperadamente a sus hijos; flores y globos al aire como homenaje a los muertos; políticos ofreciendo sus “plegarias y sentimientos” a las familias afectadas. Y luego, nada.
Eso, hasta que Nikolas Cruz, un atormentado estudiante de un colegio de Parkland, Florida, abrió fuego con un rifle automático AR-15 contra compañeros y profesores de su colegio el 14 de febrero de 2018. Esa matanza tocó un nervio en los estudiantes afectados, luego en miles de jóvenes, y finalmente en todo el país, desatando lo que podría ser, por primera vez en dos décadas, un verdadero cambio.
Liderándolo, está Emma González, una estudiante de 19 años del colegio de Parkland que sobrevivió a la masacre y que se ha erigido como figura ícono del movimiento. Latina, bisexual y rapada, su imagen es tan intensa como la de una heroína de cómic; su emotivo y desesperado discurso frente a las cámaras de televisión tres días después de la masacre, acusando a la clase política de mentirosa y traidora, fue compartido millones de veces en las redes sociales; y en solo unos días su cuenta de Twitter –@Emma4Change– alcanzó más seguidores que la del NRA, llegando hasta ahora a 1.65 millones. Poco después apareció en la portada de TIME junto a otros activistas de Parkland.
“A las mujeres jóvenes que están creciendo en esta era de empoderamiento femenino, les recuerdo una frase de Eleonor Roosevelt: ‘Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento’”, señaló en una entrevista con Variety a fines del año pasado. “Olvidamos que la mitad de la solución a los problemas es que las mujeres se sientan cómodas con quienes son y con sus aspiraciones, y la otra mitad es derribando el sistema y las personas que las hacen sentir incómodas y aplastan su autoestima. Este es un esfuerzo que debe ser llevado a cabo por todos los géneros”.
Autodeclarada feminista porque, según dice, la igualdad de todos los géneros debería ser la base desde donde debe construirse la sociedad, la joven activista se siente agradecida de su repentina y trágica fama. “Es el arma que permite que nuestro mensaje se expanda”, asegura. El mensaje, obviamente, no es apreciado por todos. Sectores de extrema derecha y fanáticos del derecho a portar armas no solo la han hecho objeto de infinitos trolls en Twitter y Facebook, sino, en una más de una serie de teorías conspiratorias, han señalado que su historia, la de sus compañeros y la del tiroteo no son más que “fake news’.
A pesar del ambiente político complejo que se vive en Estados Unidos, Emma se siente optimista. “He conocido tanta gente lista para involucrarse en nuestro sistema político, y es exactamente el tipo de persona que necesitamos involucrada. Gente que tiene interés en que vivamos seguros, enfocada en los derechos de las personas que más lo necesitan: personas que merecen seguir viviendo”.

Greta Thunberg
A salvar el planeta

BERLIN, GERMANY – MARCH 30: Greta Thunberg speaks during the Goldene Kamera show at Tempelhof Airport on March 30, 2019 in Berlin, Germany. (Photo by Franziska Krug-Pool/Getty Images)

“Mi nombre es Greta Thunberg. Tengo 16 años. Vengo de Suecia. Y hablo a nombre de las generaciones futuras”. Así comenzó su discurso frente a los lideres europeos en abril de este año esta activista del medio ambiente que posee una de las voces más jóvenes poderosas en el tema ambiental. Como ha dejado en claro una y otra vez, el futuro del planeta no es para ella algo abstracto, lejano, abierto a discusión, sino una preocupación urgente, un asunto de vida o muerte. “En el año 2030 tendré 26 años de edad; mi hermana menor, Beata, tendrá 23, igual que muchos de sus hijos o nietos. Fui afortunada de crecer en un lugar y un momento donde podría haber alcanzado todo lo que hubiera querido, pero ahora quizás he quedado sin nada, ni siquiera un futuro. Nuestro futuro fue vendido a un pequeño grupo de personas para que pudieran acumular una cantidad inimaginable de dinero. Nos fue robado cada vez que dijeron que el cielo era el límite, que uno vive solo una vez. Nos mintieron. Nos dieron falsas esperanzas. Nos dijeron que el futuro era algo a lo que había que aspirar”.
Aparte de su propia extraordinaria fuerza y pasión, Greta tiene el poder de toda una generación. Sus 729 mil seguidores en Twitter, 2.2 millones en Instagram y casi un millón en Facebook son solo parte de su influencia. El resto tiene que ver con el creciente temor de los jóvenes respecto a lo que ocurrirá con el planeta en las próximas décadas, y la decisión de jerarcas políticos y empresariales de continuar adelante como si aquí no pasara nada. Para estos últimos, Greta es una amenaza. Así lo aseguró Mohammed Barkindo, Secretario General de la OPEC- la organización internacional petrolera más importante del mundo- , diciendo que había una creciente movilización mundial en contra de la industria que estaba afectado políticas, regulaciones y hasta inversiones.
Greta consideró la acusación un triunfo, la evidencia más clara de que las petroleras estaban perdiendo la batalla frente a la opinión pública. ¿Otra evidencia? La decisión de tres parlamentarios suecos de nominar a la joven activista al premio Nobel de la Paz.
Lejos de sentirse cómoda con sus portadas en TIME o I-D, la estudiante continúa vociferante su batalla. Con un coraje que a veces pareciera que solo puede existir en una adolescente, enfrentó a multimillonarios, financistas, líderes políticos y de opinión en la reciente reunión económica de Davos y les dijo, sin siquiera un pestañeo de temor, que “el futuro ya viene, les guste o no”.

Malala Yousafzai
Una batalla bien educada

BOSTON, MA – DECEMBER 06: Malala Yousafzai speaks after receiving the 2018 Harvard Gleitsman International Activist Award at Harvard University Kennedy School Institute of Politics on December 6, 2018 in Boston, Massachusetts. The award carries a $125,000 prize and a sculpture designed by Maya Lin. (Photo by Paul Marotta/Getty Images)

A los 21 años, Malala Yousafzai ha vivido más experiencias que la gran mayoría.
Cuando tenía apenas 11, alcanzó notoriedad por un blog donde describía su vida bajo el brutal régimen de los Talibán en la región de Swat, en Pakistán, donde creció, y sus esfuerzos para acceder a la educación. Eso llevó a que poco después, en un caso que conmovió al mundo, fuera víctima de un intento de asesinato por parte de la organización terrorista mientras viajaba en un bus de regreso del colegio junto a dos compañeras.
Lejos de amedrentarse, Malala se instaló en Inglaterra para continuar con sus estudios, creó la Fundación Malala para promover la educación especialmente entre las niñas, y en 2014, a los 17 años, recibió el premio Nobel de la Paz, convirtiéndose así en la recipiente más joven en la historia del galardón. Tres años más tarde recibió la ciudadanía Canadiense, y actualmente estudia Política, Filosofía y Economía en Oxford.
Fue ahí donde hace unas semanas protagonizó un curioso y algo incómodo incidente, cuando luego de posar para una fotografía con el ministro de educación de Canadá, Jean-François Roberge, este le explicó que si quería hacer clases en su país, debía desprenderse de su velo (Hijab). El impasse, ampliamente criticado, fue solo otra muestra del peligroso rincón donde Malala ha pasado gran parte de su vida, un vértice formado por profundas creencias religiosas, incipiente feminismo, activismo político y aspiraciones personales. Es un sitio complicado donde hasta el momento se ha manejado con excelencia.
En enero de este año lanzó un nuevo libro: Desplazadas: mi viaje e historias de niñas refugiadas alrededor del mundo. En un tono amable, Malala cuenta historias de horror que, según dice, continúan ocurriendo con demasiada frecuencia.
“Para la mayoría de las niñas y mujeres que viven en zonas de conflicto y guerra actualmente, su ultima opción es convertirse en refugiadas. Pero es la única alternativa de supervivencia que tienen. Quieren vivir en un lugar en paz, construir un hogar, crear un futuro para sus hijos”, explicó hace poco en una entrevista con CBS News. “Eso es lo que quiero que la gente entienda, es el mensaje que quiero dar al mundo actual”. n